Su rastro breve



Daniel Morales
nació en Nuevitas, Cuba, el 9 de mayo de 1962. Vivió en la ciudad de Camagüey hasta 1993. Actualmente es electricista y reside en Cooper City, Florida. Su rastro breve es su primer libro.

 


(PRÓLOGO)

 

...El Viaje y la Realidad son dos de las tensiones que edifican este libro abisal de Daniel Morales. El Viaje es en él siempre más que una aventura literaria, o una excursión por el mundo, o una huída del país natal: es, más que un destino o un castigo por el pecado, una investigación dolorosa y tal vez inútil, pero inevitable. El Viaje atraviesa, examina, enfrenta la Realidad: esa ocurrencia del ser en la que nada es lo que parece, ni siquiera el sujeto que intenta definirla, identificarse. La misma narración espejea, puede llegar a ser dos, tres, más narraciones perfectamente superpuestas y distintas. No es posible precisar ni asir ni concertar lo real; es imposible reconocerse. Cómo ocuparse entonces de la Libertad y el Amor, sobre todo del Amor que fascina al viajero por su propia condición de engaño y fracaso. Sin embargo una extraña obstinación le mantiene en el rumbo de su búsqueda, trascendiendo el Viaje y la Realidad con el poder destructivo y consumador de la Imagen.
...Estas mayúsculas no deben confundir al lector. Son las del crítico, más que las del artista. Lo que apunto es apenas una de las primeras lecturas posibles, porque esa riqueza nada tiene que ver con una intelectualización de la fábula, ni siquiera con unos temas cultos. Por el contrario, toda la sabiduría distinguible en estas páginas se derrama por las virtudes de un caso de narración pura, de anécdotas sencillas y lineales, en que incluso lo imposible o fantástico se presenta sin estridencias. Los amigos sabemos que la mayor parte de ellas contienen fotografías de arte mayor, testimonios, rastros fieles del suceso hasta en el nombre de los personajes. El diálogo enemigo de la Imagen y la Realidad produce una significativa reconciliación, en que la realidad pare imagen o la imagen se reconoce en la realidad inmediata de los sentidos. Esta alianza del realismo más fluido y el difícil significante metafísico es una de las condiciones más celebrables de estas narraciones. Una implacable frialdad verbal realiza algunos de los cuentos más conmovedores que yo haya leído. Los técnicos de la narración podrán disfrutar aquí soluciones virtuosas, alardes que no están al alcance de cualquiera, un pulso y un ritmo ideales, una concisa elegancia para contar; pero esas y otras reverencias al manejo del día jamás tienen el protagonismo, están siempre sumidas en una extraña humildad que denuncia un Más, una dimensión religiosa esencial, que no necesita confesión de fe. Un rastreador que lo enfrenta todo, que desconfía de todo, que quiere abandonarlo todo, un agonista obligado, la Víctima de lo Real Abel porta una dulzura conciliadora en que el realismo y lo arquetípico, la fantasía y el testimonio, lo conmovedor y lo trascendental, el refinamiento técnico y la magistral llaneza coinciden, para la paz y la armonía de nuestro recreo.

Rafael Almanza.
Camagüey, viernes 2 de marzo de 2004.

CON TODO EL CIELO ENCIMA

 

...Las calles de asfalto y anchas aceras, entonces polvorientas, surcaban el pueblo, se enredaban entre las chozas amontonadas y morían junto al río, desconocido, lleno de inmundicias vertidas por desagües ocultos; el cauce enlozado, desnudo, sin gajos ni hojas que rozaran la corriente de fondo claro bajo el puente de madera, tembloroso al paso de los carretones, donde ahora los automóviles se desplazaban sobre el hormigón en un continuo orden.

...Anduve yendo y viniendo por los lugares que deberían ser, en medio de los gritos que iniciaron el odio, de las broncas interminables, de aquellos desafíos de los muchachos para saltar al precipicio desde el barranco, de la envidia inculcada por familias que se creían distintas; revolcados todos en una misma apariencia de caras sucias y labios chorreados de mocos, embarrándonos las malas palabras.

...Yo habría permanecido ahí, en la basura del pueblo, indefinidamente. Habría negociado una vida con Alicia, como él hizo antes de mi regreso. Incluso estaba dispuesto a irme para siempre cuando volví, si él me hubiera dejado verla, sólo para que fuera ella quién decidiera nuestro final, y no él, al borde del barranco, adonde acudí cumpliendo los deseos escritos por Alicia.

...Al abrirme la puerta, noté el brillo de sus pupilas, y ese reflejo no consiguió aplacar el peso del lodo que la cubría. Alicia se disculpó para taparse el bochorno con otro vestido y polvos en su cara, en las bolsas de los ojos, en la mueca tímida de los pómulos, en las manchas del cuello y los brazos por el roce de las carnes fláccidas.

...Se encaminó al cuarto, miró el reloj sobre la repisa y previó la tardanza del hijo en volver de la escuela. Salió, por fin, enseñándome una sonrisa de labios apretados; escondía los dientes picados de caries y el mal aliento; intentaba acercar su aspecto de mujer de barro crudo, a la imagen adolescente que yo había conocido.

...Se sentó a mi lado e inició una conversación compuesta de largos silencios, de preguntas y reproches. Luego de las pausas y suspiros forzados, Alicia me ofreció una justificación que me resultó inútil. Juzgó su vida como un engaño de sus padres para mantenerla más sola; los culpó de haberla obligado a permanecer en el pueblo indefinidamente.

...Mintió al hablarme de su espera. Contaba los días desde mi partida, vaciándose como las botellas de aguardiente, que se bebieron él y su padre, cuando le negociaban un futuro que ella acabó padeciendo, porque le fue imposible seguir metida en los recuerdos míos, en la soledad de su cuerpo.

...Al cabo me habló de la muerte de él como algo inevitable. Ya estaba preparada, me dijo; y sustituyó sus dudas con la versión del accidente. Y el aroma de cirios y flores marchitas inundó la casa. Y en su llanto de quejidos prolongados, gritó mi nombre. Debió decir, pensé en ti.

...Adelanté mi despedida al enfrentamiento con el niño, para que mis reservas de odio no se agotaran con él. Y atravesé el pueblo en busca de otra presencia.

...Desorientado, introduje la mano en el bolsillo y saqué el encendedor. Todos mis actos se dilataban en un círculo; y, con la sensación de transitar un tiempo muy usado, preparado como testimonio y en el que únicamente sucedían cosas previstas, logré encender el cigarro al forzar mis acciones, entrando en el bar de la esquina.

...El empleado secaba la barra con un paño. Contemplándolo, imaginé alguna escena que me ayudara a salir de aquello; y esperé que terminara su inventario mental de rostros. Me trajo el cenicero y comentó algo acerca del vicio. Le dije que fumaba cuando me sentía encerrado. Me advirtió que tuviera cuidado, que por ese camino no llegaría a ninguna parte.

...Bajé la cabeza, diciendo así es, porque su mirada inconforme ya me había ubicado. Por fin confesó:
—Su cara me es familiar.
—Quizás me confunda con otro —le dije—. Yo vine a ver a alguien que seguramente usted conoció, y ahora me entero que hace doce o catorce años murió en un accidente.
—Y su amigo, ¿cómo dijo que se llamaba?
Mencioné el nombre.
—Es extraño. ¿Y está seguro?
—¿De qué?
—Lo del accidente.
—La viuda me contó algo de eso.
...El empleado se obstinaba con el paño en una esquina de la barra, lo empujaba, indeciso. Le insistí:
—Entonces ¿ya sabe de quién le hablo?
—No conviene hacerle caso a la viuda, para ella ha sido muy cómodo aceptar el cuento del accidente.
Se tomaba su tiempo.
Me preguntó qué me servía.
Trajo la bebida.
Va a continuar, pensé.
Y dijo:
—El cadáver se pudo identificar apenas por las ropas. Además, nadie se destroza así en aquel barranco. Tenía el rostro irreconocible por los golpes, le faltaban las manos; lo velaron con el ataúd cerrado; a ella no se lo dejaron ver. La policía lo investigó como un suicidio. Al poco tiempo se supo que alguien, muy ligado a él, había desaparecido. En los bares se comenta demasiado, se inventa mucho; es increíble cuántas mentiras son dichas en una sola mesa, en una sola noche, de un solo trago. Pero da qué pensar ¿no le parece?

...Yo había esperado otra cosa. Me paré, tiré el dinero sobre la barra, le dije que se quedara con el vuelto; y salí bajo el sol de la tarde.

...Afuera, en las calles del pueblo, mis actos seguían transcurriendo en un círculo, en un tiempo muy usado, sin anchas aceras ni calles de asfalto, con el fango enredado en mis pies, entre mis dedos descalzos, la misma suciedad oculta en chozas mugrientas, revolcados todos en una apariencia de labios chorreados de mocos, embarrándonos las palabras; y el odio, crecido en las apuestas del río cubierto de árboles y gajos que rozaban la corriente de agua clara, bajo el puente de hormigón, donde ahora, durante mi salto al vacío, antes de caer sobre el cauce enlozado, la imagen de él, desde el barranco en la otra orilla, me enseña sus manos intactas en un ademán de adiós.