Palabras en la noche



Carlos Sotuyo,
Ciego de Avila, 1958.
El poemario Palabras en la Noche fue escrito en Cuba entre 1988 y 1994. Actualmente reside en Miami.

 

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En la entretarde (leyendo Palabras en la Noche de Carlos Sotuyo )
Por Jesús Lozada Guevara

De un tirón la Noche, sin interrupciones ni partes en el canto, sólo roca esencial, círculo.
Cada uno de nosotros vuelve . Lo fragmentario como universo, lo interior como exterior, el castillo y el polvo, la noche y la luz, todo se funde, regresa a la concentración anterior al big bang. El libro como génesis, la palabra como fundación, como sustancia primigenia del Cosmos. Un Cosmos que es materia, alma y espíritu. Regresan los versos a la visión judaica, renuncian a lo griego y contradictoriamente resultan habitar entre Apolo y Dionisos. Proporción, geometría y fuego, todo mezclado, evanescente, leve. He aquí la visión de Palabras en la Noche : levedad soberbia del ser y las cosas.
En el Arca de la Alianza, y en los sucesivos templos hebreos, inclúyase el que fue reconstruido en tres días, el velo jugaba un papel importante, no sólo separaba el lugar santísimo de los otros recintos, sino que daba continuidad a lo sagrado más allá de su sitio y lo metía en el espacio de las cosas cotidianas, es decir, convertía en trascendente a la sandalia, al penitente y a los pucheros. Recuerden a la andarina Teresa encontrando al Solo en esos sitios. La luz entra en mí y veo lo que está después de mí. El poeta renuncia a las apariencias, a los espejos, y se purga, se deja penetrar, poseer, por eso asume repetidamente la condición de útero, tabernáculo, pero también velo que deja entrever, más no tentar por lo obvio, da espacio para nuevas visones, otras, más esenciales, más prístinas, más poseídas del don de ser no siendo, renunciando. El terror de ser que sentimos descubre al mysterium iniquitatis. Posibilidad del mal, realidad del ángel malo que nos sobrevuela.
Raro libro en esta época, o más bien el libro de su tiempo, hijo de los grandes derrumbes, y de la resurrección del Amor como poder y como práctica que llenará todos los espacios, incluidos los políticos, reservados hasta hoy al innombrable. Citaré a Carlos Sotuyo, el autor-vidente, son todos los versos del poema El Otro, para después saltar a temas de idéntica sustancia:

El Otro

¿Quién es el héroe? ¿Qué mundos ama?
¿Quién arriesga la tregua de la muerte?
Nombrar lo prohibido – Deponer
La mano como un triunfo. – Ir
Adonde no sabes si te esperan, si
Prefieren verte en esa piel
Que aman, pero
¿Cómo quieres tú que imiten
Tu osadía de respirar
En el agua libre?
El cuerpo debajo del martillo
— Asalta
La cumbre de la vida con un beso.

La principalía del Amor, su protagonismo, su presencia como vencedor de la muerte y sus expresiones más sonoras, el ruido que no la música, la sordera que no el silencio, transitan este texto circular; que como todo círculo nos libra del demonio de las imperfección, el desorden, la división; lo que nos haría idénticos al origen, al principio del Ser único, al Amor que es Dios y es suficiente .

Mucho podremos navegar en este círculo, para siempre terminar mordiendo, ajuntando boca y cola. Podríamos incluso ahondar en el tema del silencio, tan caro a los poetas principeños (Avellaneda, Brull, Ballagas, Almanza, Manzano, Curbelo, y otros), a los que pertenece por simpatía y derecho este autor, capaz de poner sus manos en el fuego con tal de poseerlo. Pero prefiero detenerme en su carácter sacrificial, de ofrenda propiciatoria, tan ligado al silencio ciertamente, tan esenciales los dos, tan complementarios. El poeta se da, se ofrece, y no cualquiera puede aspirar al descenso, al voluntario destierro, a la renuncia más perfecta que es la caída. Lean la página 19 de la edición de la Editorial Homagno (Miami, 2005) y contemplen la desgarradura. Aquí se elogia lo roto, se muestra sin pudor la imperfección, el límite, pero también se reconoce la otra Tierra , se puede presentir más que otear. Aquí no vemos correr la sangre de la fiera en el anfiteatro, ni la imitación del circo, no vemos el grito del cantante engolado y falso, aquí aúlla el hombre, el poeta que se que nombra Yáh y no usurpa, no blasfema, se pone en el lugar de las encrucijadas y acepta. Lo que viene es el punto, el lugar donde confluyen lo vertical y lo horizontal, el sitio donde se cruza, se nace y se clava: cruz.
Este libro es de roca, y está vivo. Creo que está vivo.